Mobbing maternal

ilustracionJulianLorenzo

Gari Durán, Ex Senadora y Portavoz de “Familia y Dignidad Humana”

Cuando D.S.M , de treinta y nueve años, comunicó que estaba embarazada en la empresa de alimentación en la que ocupaba el puesto de Directora del Departamento Comercial, no recibió felicitación alguna. Su inmediato superior,  le dijo que “no se lo esperaba de ella” y la puso de patitas en la calle. D.S.M. demandó a la empresa y la sentencia fue de despido nulo. Tuvo que ser readmitida, pero ya hubo poco que celebrar: había perdido el bebé a causa del estrés sufrido. Ya sin el lastre de un niño en camino, D.S.M. volvía a ser lo que la empresa esperaba de ella.

S.S. a pesar de todo, tuvo mejor suerte. Directora de marketing de una firma de seguros, tras muchos años de fidelidad a la empresa y con 35  cumplidos, anunció que estaba embarazada. Tampoco en este caso, hubo celebración, más bien al contrario: se la desterró al almacén, sin ordenador ni mesa de trabajo y se le rebajaron sueldo y funciones porque “su embarazo daba mala imagen”. Demandó hasta tres veces a la empresa y tres veces fue despedida. Sufrió riesgo de aborto pero consiguió superar la carrera de obstáculos y no perdió al niño.

A  V.G.G., una camarera dominicana de 35 años, la empresa se lo dejó  claro desde el principio: si quería seguir trabajando, ya sabía lo que tenía que hacer. Decidió abortar, pero en el último momento, cambió de opinión y así se lo hizo saber a su jefe. La respuesta fue el despido, y después de dos días, el estrés sufrido hizo que perdiese a su bebé.

“Es una locura, debes abortar si deseas continuar en la empresa. Tu situación de embarazo no nos conviene ahora mismo”. Esas fueron las felicitaciones que la jefa de prensa de una empresa del sector de la maternidad, recibió de sus compañeros y de los directivos de la misma. Lo siguiente fue una reducción de su sueldo de 2.500 a 430 euros. Finalmente abandonó la compañía.

“Es política de empresa no contratar ni tener mujeres embarazadas”, “da mala imagen”, “tus prioridades han cambiado”, “ya sabes lo que tienes que hacer si no quieres perder tu trabajo”. Despido, rebaja drástica de sueldo, de funciones, no renovación de un contrato temporal, imposibilidad de conciliar, freno a la promoción profesional. Esas son las diferentes caras de un fenómeno, el acoso laboral maternal,  del que seguramente poco o nada se hablará  en el Día de la Mujer Trabajadora. Hoy, periódicos y suplementos, inciden, una vez más, en la brecha salarial entre hombres y mujeres y ponen de relieve, de nuevo, la extraña paradoja de que, a pesar de que haya un mayor porcentaje de mujeres entre la población universitaria y  de que sus calificaciones sean más altas, esa capacitación no se refleja en el número de mujeres en puestos de dirección,  a pesar de las políticas llevadas a cabo en este sentido.

Al hilo de lo anterior, se habla hoy también, como cada año,  de la  mayor precariedad  en el empleo femenino y de la peor cualificación de la mayoría de los puestos de trabajo ocupados por mujeres, pero al igual que con las diferencias salariales y con el techo de cristal de los puestos directivos, parece quererse trasladar, que son cuestiones culturales, restos de una sociedad patriarcal, los que causan  estas diferencias tan lacerantes entre los dos sexos, obviándose, de nuevo un factor connatural a la mujer que, por desgracia, tiene una enorme influencia en sus oportunidades profesionales: su derecho a ser madre.

Las que salgan hoy a la calle en defensa de un aborto libre y gratuito, como reivindicación estrella de la jornada,   es poco previsible que alcen su voz, también, por el derecho a la  maternidad ejercida sin presión alguna porque, tal como se refleja en los casos reales con los que inicio el artículo, el aborto es, en muchas ocasiones, la única salida que se da a la mujer que quiere mantener su puesto de trabajo. Aunque se pretenda ocultar, aunque se quiera negar el vínculo existente entre la maternidad y la situación laboral de la mujer, la realidad es tozuda y su cara más amarga, no es sólo la calidad del empleo femenino, ni el invierno demográfico que resulta de esa ecuación no resuelta, la situación más grave, la que pocas veces se denuncia es la del acoso laboral maternal, el mobbing ejercido sobre la mujer por el solo hecho de querer ser madre. Sus consecuencias son devastadoras  como en cualquier caso de acoso laboral, pero a diferencia de otras situaciones, ejercer mobbing maternal, parece suscitar cierta comprensión. La realidad es que, de manera general, la gestación es considerada como una irresponsabilidad, un problema para la sociedad y, para el empleador, un coste económico difícil de asumir. Un embarazo, en términos laborales, se ve como una mala noticia y el aborto acaba vislumbrándose como la única salida ante la pérdida de la estabilidad económica y laboral. Ello a pesar de que los datos demuestren, de manera fehaciente, que los países en los que más se apoya la maternidad, se generan mayores ingresos a largo plazo, y que las empresas que incorporan, de manera natural a la mujer-madre, son líderes en su sector.

El 80% de los casos de acoso laboral maternal, nunca llegan a juicio y los conocemos sólo gracias a las organizaciones que dan apoyo a las mujeres que son víctimas de esa situación. La radiografía del mobbing maternal, nos habla mayoritariamente, de una mujer de entre 25 y 35 años, con estudios no universitarios y contrato temporal,  y aunque el jefe suele ser el principal acosador, en muchas ocasiones, los compañeros no son ajenos a ese acoso.   La depresión, la ansiedad, el insomnio y la sensación de culpa, son sus consecuencias psicológicas más claras. Entre las físicas, el aborto espontáneo.

Hoy, en el Día de la Mujer Trabajadora, cuando analicemos, como cada año, la situación laboral de la mujer, conviene, que por una vez, lo hagamos a la luz de su condición de potencial madre, y que cuando reivindiquemos un empleo de mejor calidad para las mujeres, no nos olvidemos de esta deleznable forma de acoso.

Artículo publicado en el diario “El Mundo”

@gariduran

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