Feliz Navidad

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Gari Durán, Ex Senadora y Portavoz de “Familia y Dignidad Humana”

LA NAVIDAD necesita un sentido, de otro modo se la puede acabar odiando. Encontrarse con las luces en las calles, los villancicos, los regalos, las comidas de empresa, las cenas familiares, el turrón, los adornos, el dolor por las ausencias, de improviso, sin otro motivo que la tradición, es absurdo. No lo es menos intentar, en nombre de un laicismo -que no aconfesionalidad- impuesto, travestirla con simbología de todo a cien para rehuir su significado cristiano en lugar de tener los arrestos de eliminarla por decreto, si eso es lo que se pretende. O convertirla en el pico del consumismo que va del Black Friday a las rebajas de enero. Una Navidad sin explicación, sin propósito, sin sentido.

Las noticias del fin de semana nos han dejado un reguero sangriento: Estambul, Mogadiscio, Nigeria, El Cairo. A falta de más datos, salvo el de Estambul, todos los atentados tienen el denominador común del extremismo islámico, y aunque esta vez parece que el responsable es el PKK, la ciudad turca no se ha librado en los dos últimos años de su ración de terrorismo islamista. Pasear por su Gran Bazar, no hace un mes, sin toparse con un solo occidental o recorrer al anochecer la explanada de las mezquitas, con la única compañía de los furgones o las tanquetas del ejército o la policía, es la mejor prueba de, hasta qué punto acaba venciendo el miedo.

En Mogadiscio, la muerte por coche bomba de al menos 29 personas, lleva la firma de Al Shabah. En Nigeria, dos niñas de siete u ocho años se han inmolado en un mercado de una ciudad al noroeste del país. No es la primera vez que Boko Haram utiliza a niñas o a jóvenes kamikazes a las que previamente ha raptado. No hace mucho, otras dos provocaron la muerte de cuarenta y cinco personas también en un mercado. Pasan desapercibidas -¿hay algo más inofensivo, más inocente que una niña?- así que UNICEF se teme que la tendencia vaya en aumento (esclavas sexuales, kamikazes… ¿qué más da?)

En El Cairo el objetivo ha sido la catedral copta de San Marcos. Una bomba colocada en la iglesia de San Pedro y San Pablo, junto a la catedral, a pesar de la protección policial y militar con la que cuenta el complejo religioso. Veinticinco muertos y treinta y un heridos. El atentado lleva también la firma del terrorismo islamista.

Lo más obvio, un fin de semana especialmente sangriento. Una segunda reflexión dedicada a toda la gente que no tendrá ocasión de celebrar o de preguntarse si tiene algún sentido la Navidad. Y una tercera, la que nos ofrece el último informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada, sobre las cifras de la persecución religiosa en el mundo: el cristianismo es, de lejos, la religión más perseguida. Trescientos treinta y cuatro millones de cristianos viven en países en los que se les persigue y sesenta millones en los que se les discrimina.

Mauritania, Egipto, Argelia, Turquía, Laos, Vietnam y algunas repúblicas exsoviéticas de Asia, son ejemplos de estados en los que la discriminación por razones religiosas está institucionalizada. Limitaciones al acceso al trabajo, a votar o ser votados, a la financiación, a la educación o a los medios de comunicación. La prohibición de celebrar el culto fuera de las iglesias, mezquitas, sinagogas, etc. son algunos de las muestras de esta intolerancia legal en la que es el Estado el responsable.

Pero cuando hablamos de persecución, junto con el gobierno -y en ocasiones, como en Nigeria, en contra de éste- son los terroristas y otros grupos organizados quienes ejercen de manera sistemática la violencia contra las minorías religiosas. China, India, Paquistán, Afganistán, Arabia Saudí, Siria, Irak, Libia, Kenia, Sudán, Somalia, Nigeria, son algunos de los países en los que la libertad religiosa no tiene cabida. Por desgracia, este último informe – que va del 2014 al 2016- muestra que la situación no ha hecho sino empeorar, aunque hay países en los que el punto de partida era ya tan dramático que es imposible que pueda ir a peor.

Sin embargo, si algo se deduce de este último estudio es lo que ya se ha convertido en una amenaza mundial: el «hiperextremismo religioso» que después de haber destruido cualquier asomo de libertad religiosa en Oriente Próximo, amenaza con hacer lo mismo en otras partes del mundo. Ya no son sólo los atentados suicidas, son los asesinatos en masa, el genocidio sistemático, las crueles formas de ejecución, las violaciones, la tortura extrema, las crucifixiones, la glorificación, en suma, de la brutalidad infligida a las víctimas y retransmitida a través de las redes sociales para hacer viral el terror. Pero sobre todo, el objetivo preciso de despoblar de cristianos y de otras minorías religiosas, sus territorios ancestrales. Lo han conseguido en Siria, en Irak, en Libia. Lo están consiguiendo en Egipto. La persecución no persigue sólo hacer la vida imposible a quienes persisten en vivir su Fe, sino en lograr su desaparición, destruyendo además de sus vidas, sus propiedades, sus lugares de culto y todo vestigio de su herencia cultural y religiosa en esos países.

El estudio deja poco lugar a la esperanza. De hecho, concluye que la libertad religiosa está en su peor momento desde la Segunda Guerra Mundial.

Atentados como los de este último fin de semana, parecen sacarnos del sopor, pero seguimos ignorando una persecución que rara vez es noticia.

Un última reflexión: es posible que no le encuentre sentido a la Navidad pero, por si no lo sabe, hay quien por celebrarla se juega la vida.

Artículo publicado en el diario “El Mundo”

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