Hacerse la rubia

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Gari Durán, Ex Senadora, Portavoz de “Familia y Dignidad Humana”, y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO de Baleares.

DICE CRISTINA CIFUENTES en El País que «cuando te reúnes con hombres» y «te haces la rubia», pero sin bajar la guardia, «consigues muchísimo más». Y ¿qué es hacerse la rubia? -le pregunta la periodista- «Hacerte la tonta, hacer como que no te enteras».

Mientras trato de comprender cómo se hace una la tonta con la guardia alta (¿), me siento transportada a una de esas míticas películas españolas en blanco y negro en las que a la única a la que no había quien aconsejase hacerse la rubia era a Florinda Chico (y a Lola Gaos, supongo). «Nena, pon cara de que te interesa muchísimo lo que te está contando, pero no hagas preguntas no vaya a ser que sospeche que le entiendes». Y así, el hombre de toda la vida, el de la copa de Soberano y la loción para después del afeitado varon dandy, más simple que el mecanismo de un chupete, ante el estímulo pauloviano de una rubia tonta que le mira con la admiración que sólo es capaz de fingir una rubia, accede a todo lo que le pida, desde irse a Torremolinos de vacaciones o comprarle una lavadora Indesit o quién sabe si un abriguito de entretiempo en Galerías Preciados.

Y mientras aquí nos dan lecciones de cómo parecer feminista sin serlo, en poco menos de una semana los franceses deberán elegir su presidente entre cuatro señores cuyo apellido acaba en -on (Macron, Fillon, Mélenchon y Hamon) y una mujer rubia natural. Como en el caso de Cristina Cifuentes, nada es lo que parece. Marine Le Pen, tildada de ultraderechista, recibe el voto de los obreros, de los jóvenes, de los desempleados y en suma el voto tradicional de comunistas y socialistas. «Ni derechas ni izquierdas (¿les suena?), sólo Francia». La «candidata de la Francia del pueblo» frente a «la derecha del dinero y la izquierda del dinero». El enemigo,- la casta en suma- es Bruselas y la globalización. El programa electoral, propio de la extrema izquierda: salir del euro para aplicar políticas inflacionistas, defensa del proteccionismo y rechazo del libre comercio, aumentar todavía más la presión fiscal, ruptura de los tratados de la Unión Europea, incremento del gasto público e hipertrofia del Estado.

No, Marine Le Pen no ha tenido que «hacerse la rubia» para convencer al votante de izquierdas de que elija a un partido de «ultraderecha» porque le dice exactamente lo que quiere oír -ya saben, lo que viene siendo el populismo-. Y por más que Mélenchon -ultraizquierda genuina-pretenda pescar en las mismas aguas, lo tiene más que difícil. Y peor todavía el socialista Hamon, camino de la irrelevancia en los últimos sondeos.

Mientras tanto, el votante de derechas de toda la vida, divide su voto entre Fillon, pero sobre todo, Macron. De este último si podemos decir que ha sabido cómo hacerse la rubia hasta el punto de hacer olvidar a esos votantes, que ha sido ministro de Hollande e incluso socialista. ¿El truco? Un discurso voluntariamente ambiguo, con el que no hacer sentir a nadie demasiado incómodo. De hecho, un modo menos bronco de no parecer ni de derechas ni de izquierdas o, lo que es lo mismo: aceptar el diagnóstico de Le Pen, pero sin proponer nada que pueda asustar a algún votante.

Esos son los dos modelos que triunfan en Francia y que, de hecho, ya dominan la política internacional. Populismo o ambigüedad, esas parecen ser la únicas opciones posibles. Una vuelta por la escena española, nos demuestra que eso es definitivamente cierto, con el agravante de que, tanto en Francia como en España, el populismo que se vende como nuevo, despojado del márquetin, resulta ser muy pero que muy antiguo e igualmente totalitario.

Y eso nos lleva al autobús que nadie ha definido como «del odio» -ni siquiera Cifuentes, rubia centinela de estas cosas- y que empezó a rodar ayer por Madrid. El tramabús, así bautizado por nuestra pareja política y sentimental más ociosa -Pablo Iglesias e Irene Montero- recorrió a lo largo del día de ayer y lo seguirá haciendo en los próximos días, los espacios vinculados con «la trama»: las sedes de Bankia, Endesa, Iberdrola, ACS o FCC, la sede nacional del PP, en la calle Génova, el Banco de España, la CNMV, la Bolsa de Madrid o el Congreso de los Diputados (lugar en el que -si su nueva labor de guías turísticos con cargo a los fondos del Estado se lo permite- los citados Irene y Pablo, deberían estar trabajando hoy mismo, haciendo algo, no sé, quizás trabajar, para procurar el bienestar de la gente).

El tramabús está pintado con el color azul del PP y en ambos lados luce los retratos de políticos (Rajoy, Felipe González, Aznar, Esperanza Aguirre), empresarios (Villar Mir, Díaz Ferrán) y periodistas (Eduardo Inda, Juan Luis Cebrián). Sobre la utilidad del autobús, ha dicho Irene Montero que tiene una misión pedagógica: «señalar dónde están y dónde trabajan los que gobiernan en la sombra», una sombra sobre la que parece haber más certezas que sobre los penes y las vulvas de niños y niñas, dado que nadie se ha sentido aludido, ni, por supuesto, nadie ha ordenado la inmovilización del invento, como si se hizo, al minuto cero, con el autobús de Hazte Oír. Quizás sea porque pretender convencer a los ciudadanos de que les gobiernan poderes oscuros y que no deben confiar ni en la soberanía nacional ni en la democracia, es un acto de amor. O puede que señalar a «los malos», suplantando la acción de la Justicia (en la que tampoco se cree), lo es de bondad suprema. Y cómo no, llevar a la picota al periodista que no te baila el agua, demostrando así lo que te importa la libertad de prensa, es una demostración de cariño.

Hoy, el autobús sigue circulando. Definitivamente alguien se está haciendo la rubia.

Artículo publicado en el diario “El Mundo”.

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