In Memoriam: Luis Miguel Martínez Otero

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Jose Eugenio Azpiroz, Ex Diputado y socio de “Familia y Dignidad Humana”

Cuando hace unas semanas esa gran sucesora de nuestro apreciado Alfonso Basallo en la dirección de “Actuall”, que es Rosana Ribera, me ofreció sus páginas para expresarme con plena libertad en este oasis (al que me acojo), dentro del árido desierto de lo política y mediáticamente correcto, ni ella ni yo pudimos pensar en que mi primera colaboración versaría sobre un amigo Luis Martínez Otero fallecido el pasado 16 en su domicilio de Fuenterrabía.

Luis autor de más de una docena de libros (El Grial de Montserrat; la Cruz; El Priorato de Sión, los que están detrás; Los Iluminati: la trama y el complot…..) con traducciones a varios idiomas incluido el ruso, políglota, erudito, cristiano profundo, desmitificador de mitos mediáticos con quien, convocados por nuestro común amigo el periodista Manolo González, nos reuníamos a comer -y hablar de lo que no se habla- en San Sebastián todos los meses.

La cultura vigente y el aprecio al conocimiento y al rigor ausentes en nuestra sociedad se ha traducido en el silencio: muerte civil más dolorosa, si fuéramos ingenuos, que la muerte real.

Sin embargo, no es mi pretensión un obituario al uso sobre nuestro entrañable Luis. Pretendo entresacar dentro de los innumerables temas objeto de nuestros debates, comidas y emails incluidos, dos que estos días me parecen especialmente más relevantes: la muerte y la vida sin Dios, de algún modo la misma cosa.

En el primero, tal vez premonitorio, en el que compartimos que la muerte es el acto más trascendente de la vida: llave para, dejando de tenerla, tenerla de verdad (uno de sus libros se titula “Diversos estados tras la muerte”), puerta inexcusable para acceder a la otra.

En esa su búsqueda permanente solía decir: “Yo abundoso frecuentador de León Bloy, digo que sólo temo a los jinetes del Apocalipsis y al Espíritu Santo”. Sin duda hoy ya ha disipado sus temores y encontrado las certezas tanto tiempo buscadas, a nosotros nos deja patente -en un mundo hedonista, mental y espiritualmente anestesiado- lo que deben constituir nuestras auténticas prioridades y preocupaciones.

La segunda reflexión la extrae de la contundente frase de Herren (citado por Nicolás Berdaiev en Libertad y Esclavitud del Hombre), de tan clamorosa actualidad: “La sumisión de la persona a la sociedad, al pueblo, a la humanidad, a la idea no hace sino continuar los sacrificios humanos”.

Sumisión que se materializa en el hombre contemporáneo cuando ni tan siquiera niega o discute la realidad de Dios, simplemente, pasa de su existencia y lo desconoce plenamente.

En 1963 Takehiko Kojima, analizando la conferencia de Heidegger Zum Atmzeitalter (relativa al dominio de la técnica), afirma: “Nos parecía como si usted, profesor, hubiera querido dirigirse a nosotros los japoneses”.

De hecho, sobre todo en Japón, explica Kojima, la época de la noche del mundo se empobrece cada vez más, o bien, citando al propio Heidegger “ya se ha empobrecido tanto que no es capaz de reconocer la falta de Dios como una falta”. 

En esta constatación se remontaba a Joseph de Maîstre quien, pese a su adscripción masónica, acertaba cuando en 1821 decía: “Más que nunca, señores, debemos ocuparnos de estas altas especulaciones (entre los designios divinos y la libertad humana) pues es preciso estar preparados para un acontecimiento inmenso en el orden divino, hacia el que avanzamos a una velocidad acelerada…. Ya no hay religión sobre la tierra: la humanidad no puede continuar en este estado. Los temibles oráculos anuncian que los tiempos han llegado”.

Se podrá objetar que casi han transcurrido dos siglos desde este presagio, pero nadie puede negar la aceleración del tiempo en que vivimos y, tampoco, desconocer que la llegada de los tiempos apocalípticos nadie la puede concretar menos, aún, cuando el tiempo acelerado en esta dimensión histórica o Kairós no coincide con el habitual y medible Chronos.

El auto-empoderamiento pleno del ser humano, la autoconstrucción volitiva que se promueve, cuando no se impone, por la ideología de género se traduce en la inexistencia de Dios (en la vida Occidental) y en la negación del Hombre de su filiación del Creador.

Tal vez muchos de los conflictos actuales, sean étnicos, nacionalistas, económicos, sexuales o de violencia y explotación humana en sus múltiples vertientes, serían minimizados si pensáramos en nuestra auténtica dimensión humana, en la muerte que culmina nuestro ciclo vital, en la apertura a la trascendencia en la convicción de que somos creados y, por tanto, hay un Creador.

En esta búsqueda, en esta ocupación, se encontraba Luis hoy se encuentra con la respuesta vital: la Gloria de la vida eterna.

Artículo publicado en Actuall

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